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Voces / Para entendernos

No es envidia, no, pero poco le falta. Percepciones sobre Europa

Enrique Banús

En las películas cómicas hay esas escenas en que dos personajes se miran, esperan unos segundos y explotan a reír. Por algo que ha dicho alguien quizá, o por un resbalón tonto o por la tarta de nata que termina en el rostro de alguien. Quizá es la reacción probable si a alguien le decimos que es ciudadano europeo. Puede provocar el ataque de risa.

 

Lo de la ciudadanía europea fue una propuesta española, cuando se estaba negociando, allá por 1990 o 1991, el Tratado de Maastricht. Nos sonreímos entonces: “¡Vaya ocurrencia!”. Y nos explicaban que con ello adquiríamos algunos derechos, de acudir a la representación diplomática de cualquier Estado miembro, de votar en las elecciones europeas y municipales en el lugar de residencia y poco más.

 

Luego nos hemos dado cuenta de que es una verdadera revolución: concede el derecho a circular libremente por y residir libremente en cualquiera de estos estados. Esto es lo que podríamos llamar un cambio de paradigma. Cuando uno va a un país tercero, por muy amigo que sea (pongamos Estados Unidos o un país de América Latina), es ese país quien decide si entras o no, si te quedas o no. El país lo concede caso por caso. No hay ningún derecho. Es una decisión soberana, una muestra de la soberanía del país.

 

En la Unión Europea, los países han prescindido de ese derecho, de esa soberanía. Lo han convertido en un derecho del ciudadano. Han dado un vuelco a siglos de historia. El ciudadano comunitario no es forastero en ningún país de la Unión. Sirve no sólo para que los turistas den vueltas o los estudiantes se vayan de intercambio. Sirve para ganarse la vida en otro país si no lo puedes hacer en el tuyo.

 

¿Por qué vemos sobre todo las desventajas? ¿Para cuándo una formación seria de la realidad europea en el colegio?

 

Cuando uno viaja por ahí, en muchos países te hablan del “modelo europeo”. Suelo decir que Europa no es un modelo, pero sí una experiencia histórica. Se sonríen y dicen: “Claro, claro”.

 

Es todo un poquito más complejo, ciertamente, pero quede esa complejidad –luces y sombras– para esa educación escolar tan necesaria. No sobre un modelo, pero sí sobre una muy importante experiencia histórica.