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Voces / Para entendernos

Personas con criterio

Javier Junceda

No he conocido a ningún empleador que contrate cerebros. Más bien creo que la mayoría buscan a personas con criterio, capaces de responder a los retos diarios, a partir de los conocimientos profesionales que han venido adquiriendo en su proceso formativo. En buena medida, nuestro modelo educativo ha focalizado en los distintos saberes técnicos o científicos su función, postergando la preparación humana de los estudiantes, el fortalecimiento de sus actitudes ante la vida. En especial en la universidad, todo aquello que no constituya materia de estudio objetivo, especializado en cada una de las disciplinas, continúa siendo tildado por algunos de poco académico, contradiciendo de ese modo el propio espíritu fundacional de estas casas superiores de estudios, conforme al cual “los escolares sosegados en sus posadas, se han de empeñar en estudiar e aprender e facer vida honesta e buena, que los Estudios para eso fueron establecidos” (Partidas de Alfonso X, partida II, título XXXI).

 

Indudablemente, la misión de la universidad es la de preparar a personas con sólidos conocimientos, pero también de dotarlas de herramientas que les permitan desarrollar un papel preponderante en la sociedad. Ambos aspectos, capacitación científica o técnica y formación integral, han de constituir sus metas, ya que de lo contrario proseguiremos generando legiones de titulados que, como me acostumbraba a decir con sorna un viejo pariente, “saben de todo para no saber nada”.

 

Con independencia de que muchos de los estudios que se cultivan en la universidad son por esencia mudables y contingentes, y requieren por ello de una permanente actualización más allá de los muros de la academia, la obsesiva limitación de los programas docentes al dato, a la cifra o a la teoría, olvidando la enseñanza en valores, empobrece en alto grado su función y, por esa vía, favorece bien poco al tejido productivo de un país.

 

Puedo poner algún ejemplo de esto. En un proceso selectivo para dotar un puesto de trabajo de abogado júnior de una importante firma, se escogió a quien, de una terna de finalistas y sobre un único supuesto práctico, había comenzado y terminado su exposición manifestando sus dudas sobre su respuesta: “Creo que la solución al caso es esta, pero no estoy seguro de ella, debería estudiarla con algo más de tiempo”. En este gesto de humildad y honestidad, a mi modo de ver, se descubren unas cuantas virtudes cardinales. Y, desde luego, se comprueba una vez más que una actitud humana forjada en valores tiene, al margen de los aspectos morales, eficacia plena en el mundo práctico: un doble premio ético y económico.

 

De cuanto antecede se desprende que no es ni puede ser la universidad el sustituto de la familia en la colosal empresa consistente en convertir a un joven en un hombre o una mujer completa y brillante. Pero sí ha de contribuir a ese proceso de aprendizaje reforzando, junto a los conocimientos, las capacidades del universitario para ser autónomo, educado, solidario; para trabajar en equipo; para comprometerse por un ideal; para respetar al prójimo; para ver su trabajo como medio para ayudar a los demás; para tener mentalidad universal; para ser, en suma, una persona de criterio.

 

Para lograr estos ambiciosos propósitos las universidades deben contar con docentes que aspiren a ser ejemplares. El doctor-ejemplo es quien mejor puede guiar al estudiante en esa senda de mejora constante. De nada nos sirve creer en la formación integral del alumno si en clase entra quien ni es experto en la materia ni un dechado de virtudes. Por este motivo, el sistema de selección del profesorado debería profundizar no exclusivamente en capacidades científicas, sino, también, en actitudes y habilidades de transmisión de valores humanos. Contar con esta o con aquella acreditación docente o investigadora debería ser, pues, condición necesaria pero nunca suficiente para el acceso al profesorado universitario. No siempre logran superar esos procesos quienes cuentan con las condiciones mínimas para formar a personas.

 

Si las universidades no operan pronto este cambio de rumbo, quedarán aisladas del contexto social y económico, al resultar prescindibles. Los empleadores precisan de universitarios con criterio, no de chavales que se han limitado a sortear exámenes para lograr un título, un mero papel timbrado. Los operadores y el país necesitan a jóvenes emprendedores, que sepan resolver problemas por ellos mismos, que salgan al extranjero y experimenten las dificultades, que pisen aeropuertos y caminos rurales, que sean serios y solventes…, pero que todo eso lo hagan pertrechados de conocimientos de última generación y de una forma de vivir que tenga en cuenta a los demás y valore el trabajo bien hecho.

 

Si logramos este objetivo, habremos hecho cierta la conocida máxima según la cual “una cosa es pasar por la universidad y otra bien distinta, que la universidad pase por uno”.