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Voces / Para entendernos

Poner la cultura en el centro

Vicenç Villatoro

Hay muchas maneras de poner la cultura en el centro de la vida colectiva. Una de ellas, al alcance de las universidades, es la apuesta por los estudios humanísticos o también por las técnicas de gestión cultural, en las que lo que figura que es adjetivo —cultural— ha de tener más fuerza y más importancia que lo que aparentemente es sustantivo: la gestión. Se puede hacer también desde los medios de comunicación, desde las políticas públicas, desde el voluntariado o desde el mecenazgo. Pero algunos creemos que hacer esto —poner la cultura en el centro— no solo es útil, sino que probablemente es imprescindible. Algunos creemos que la cultura —en el sentido que atribuimos generalmente a la palabra, vinculada con las humanidades, las artes, la creación— es la respuesta. Creemos que la cultura forma parte de la solución. Creemos que la cultura forma parte de la receta que nos ha de curar.

 

Entonces algunos se preguntan: si la cultura es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?; si es la solución, ¿para qué problema?; si es la receta, ¿contra qué enfermedad? En otras palabras, se preguntan qué sentido y qué utilidad tiene hacer estudios humanísticos, políticas culturales (en el modelo europeo continental, en el que la cultura forma parte de la oferta básica del Estado del bienestar) o voluntariado o mecenazgo cultural (sobre todo en el modelo anglosajón, en el que la cultura es central en esta autoorganización de la sociedad). Pues algunos creemos que la gracia es precisamente que la cultura es la respuesta a muchas preguntas, la solución a más de un problema central y la receta contra algunos de los riesgos de enfermedad social más inquietantes en estos momentos.

 

Algunos ven la cultura como algo estrictamente ornamental, como lo que hace más bonita o agradable la vida. Y lo es. La cultura es consumo, o a mí me gusta más decir disfrute. No debemos olvidarlo: la cultura es consumo cultural. Pero es también el espacio de la creación y la creatividad: debemos poner la cultura en el centro de la vida pública para que los ciudadanos puedan consumir (disfrutar) y para que los creadores puedan desplegar su talento creativo. Por lo tanto, debemos valorar el papel de la cultura y el de las políticas culturales, y ver si estas logran incrementar su consumo —es decir, lo repito de intento, el disfrute— y su producción —la creación y la creatividad. Sin embargo, estos no son los únicos baremos ni los únicos objetivos.

 

Por ejemplo, es obvio que la cultura es también identidad. Somos lo que somos a través de la cultura. Nuestro ADN más potente, incluso más que el genético, es el cultural, lo que hemos aprendido, lo que compartimos con la humanidad, lo que aportamos de distinto y de singular. La cultura es también participación: en un momento en el que nos preguntamos cómo pueden participar los ciudadanos en el bien común, más allá de pagar impuestos e ir a votar, nos damos cuenta de que es el mundo de la cultura el que ofrece más iniciativas y más canales para que la sociedad organizada espontáneamente trabaje por el bien común: es tan importante, para saber el éxito de un acto, evaluar cuál ha sido su calidad objetiva, cuánta gente ha ido o qué esfuerzo de organización social, de reuniones, de encuentros, ha conllevado organizarlo. La cultura es también, en consecuencia, una herramienta de vertebración de las sociedades, de cohesión social, uno de esos hilos que construyen sociedad, entendida como un cuerpo orgánico, como un tejido, más que como una conjunción de gente que vive al lado de otra gente, con todos los riesgos de impermeabilización entre sí, de fragmentación social y, por tanto, en el fondo de confrontación.

 

Así mismo, la cultura es economía, tiene importancia económica. De entrada, la cohesión social es un bien económico y social que va más allá de la cultura. Pero, además, las industrias y las empresas de la cultura serán —ya son— un sector esencial en las economías de los países como el nuestro, con un gran patrimonio, con una herencia de creatividad y con una tradición cultural fuerte. La cultura es además la gran tarjeta de presentación de toda una sociedad. Si se me permiten los ejemplos, el turismo en Barcelona no viene solo a ver Gaudí, pero si no hubiera Gaudí la imagen de Barcelona perdería una parte muy importante de su potencia y su atractivo. Italia vende internacionalmente la imagen de buen gusto y alegría de vivir. Alemania, de solidez y solvencia. Estas imágenes se han construido desde la cultura, sobre todo. Es la producción cultural, el imaginario cultural, lo que nos genera las valoraciones sobre los países o los territorios, que afectan —benéfica o maléficamente, según el caso— a todo lo que hacen. Italia vende aceite y zapatos y Alemania, coches, gracias también a referencias, a imaginarios, que han construido a través de la cultura, como Leonardo, Miguel Ángel, Goethe o Kant.

 

Pero sobre todo, la cultura participa desde el centro en la gran cuestión: el triángulo entre la curiosidad, el conocimiento y la formación. O dicho de otro modo, en la mejora del material humano de un país. En el siglo XIX uno de los grandes debates universales fue el de la riqueza de las naciones. Por qué unas naciones llegan a ser ricas, aunque no tengan grandes recursos naturales, y otras que los tienen no. Y la respuesta es la gente. La formación de la gente. Y no solo su formación técnica o laboral, sino la calidad total. Sus conocimientos, sus valores, sus actitudes. Ciertamente, el conocimiento científico es central para entender el mundo y para transformarlo. Pero el conocimiento humanístico también. Para entender el mundo son necesarios Newton o Einstein, pero también Shakespeare y El Quijote. No humanismo solo, en exclusiva, no más que ciencia. Pero tampoco menos. La cultura hace que la gente sea mejor. Tampoco es una fórmula exacta e infalible. Algunas de las grandes barbaries del siglo XX se han producido en contextos fuertemente culturizados, pero es la mejor que tenemos.

 

Poner la cultura en el centro de la vida pública no es un ejercicio de sofisticación, de nostalgia o de hipersensibilidad. Es una cuestión de realismo y de necesidad. Sea cual sea la pregunta, sea cual sea el problema, seguro que la cultura es la respuesta y la solución, o forma parte de ellas.

 

* Article del escritor y periodista Vicenç Villatoro, escrito a partir de la conferència que impartió como padrino de promoción en el acto de graduación de los alumnos del grado en Humanidades y Estudios Culturales y del máster en Gestión Cultural de la UIC.