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Voces / Para entendernos

¿Por qué la Unión Europea?

Enrique Banús

Hace ya bastantes décadas, el conde de Coudenhove-Kalergi, fundador de la Unión Paneuropea después de la Primera Guerra Mundial, escribió: “Europa se está unificando en los ministerios y los parlamentos, pero no en el corazón de los ciudadanos”.

 

Hace unos meses tuvimos elecciones al Parlamento Europeo y es como si esta frase pudiera ser trasladada a la situación actual. De hecho, se ha confirmado uno de los principales temores ante esas elecciones: el índice de participación no ha sido muy alto, y se mantiene la tendencia a la baja, de elección en elección.

 

Es verdad que la integración europea no es perfecta, ha cometido errores y en ocasiones ha fracasado, pero, ¿por qué los ciudadanos se alejan de ella, no participan, no parecen interesados en ella? ¿Es que no reconocen los avances, ciertamente revolucionarios, realizados en el último medio siglo?

 

Quizá incluso ese concepto –“avances revolucionarios”– suena como nacido de un injustificado optimismo en medio de una situación en que la crisis –o tal vez mejor: las crisis– no termina de despedirse. Pues bien, convendrá analizar dos manifestaciones, aunque sea para saber si ciertamente estamos ante una revolución:

 

a) El periodo transcurrido desde la Segunda Guerra Mundial es, en la Europa occidental y central, el periodo de paz más largo desde el tercer siglo. Seguramente no es solo fruto de la integración europea, pero seguramente es consecuencia también de esta. Dicho periodo ha convertido a los antagonistas de antiguas guerras en socios en un proyecto común, socios que mantienen muchas diferencias pero que se obligan a resolverlas siempre por la vía de la negociación.

 

b) Si alguien realiza un viaje, pongamos, de América Latina a Nueva Zelanda, pasando por los Estados Unidos y Australia, al volver a casa habrá perdido alrededor de un día de trabajo solo en las colas de inmigración y las formalidades aduaneras. Uno puede imaginar la cantidad de días de trabajo que se pierden cada día en el mundo en estas formalidades. Si uno viaja desde Barcelona a Berlín pasando por Roma y París, nadie le va a preguntar por qué va allá y qué lleva en su maleta (siempre que no sea un material explícitamente prohibido). Por supuesto, se necesitan controles en las fronteras, pero la vivencia ciudadana de estar en casa, aun en países que no son el de uno, paradójicamente aumenta en la medida en que no hay nadie que dé la bienvenida, en que se puede entrar y salir libremente. Que la libre circulación, el cruce de las fronteras sea un derecho del ciudadano y no un privilegio concedido por el estado tras un atento examen es un gran cambio de paradigma.

 

¿Por qué las personas no aprecian estas ventajas y, consecuentemente, se alejan del proyecto europeo? ¿Por qué la integración europea es vista como parte de los problemas y no de las soluciones?

 

Me voy a permitir presentar cinco hipótesis:

 

a) Las ventajas muy pronto son tomadas como algo natural, que no podría ser de otra manera; en cambio, las dificultades y los problemas se perciben críticamente.

 

b) Las expectativas hacia la UE son muy altas, y en ocasiones es la propia UE la que despierta expectativas que luego no puede cumplir, a veces también porque no tiene las competencias necesarias para hacer frente a ciertos problemas. Véase por ejemplo el problema del desempleo, y específicamente el paro juvenil: aquí, la Unión Europea dispone de un instrumental limitado, pero parece como si fuera quien puede y debe resolver el problema;

 

c) Ha habido fracasos –y, a veces, ni siquiera se ha entonado el mea culpa–: los principales fracasos en los últimos tiempos han tenido que ver, por ejemplo, con la reacción tardía y tímida a la crisis económica; algunos temas de política exterior, por poner otro ejemplo, ha sido muy difícil oír la voz de Europa, porque cada cual seguía con su propia música, discordante a veces con otras voces.

 

d) Además de todo esto, se mantiene una “dinámica perversa” ya muy estudiada: los gobiernos van a “Bruselas” a negociar; a veces no consiguen un resultado excesivamente favorable… y “Bruselas” es la culpable; otras veces, en “Bruselas” hay que tomar decisiones incómodas: los gobiernos las toman…, y “Bruselas” es la culpable; esta estrategia es muy comprensible, pero no muy favorable a la imagen de la UE.

 

e) Tenemos una situación en que la población está tomando distancia general de la política y los políticos, y sobre todo de los partidos consolidados: en efecto, los grandes vencedores de las elecciones europeas han sido partidos menos tradicionales, en algunos casos casi agrupaciones políticas sin mucha experiencia; muchos ciudadanos simplemente no creen que del más de lo mismo vaya a venir la solución; tampoco los líderes recientes de las instituciones europeas han transmitido la imagen de ser grandes personalidades con carisma y un discurso estimulante.

 

Sin embargo, la integración europea es el mejor modelo que tenemos para Europa. Cualquier otro experimento entraña grandes riesgos. Sin embargo, este proyecto solo se puede desarrollar con el apoyo de los ciudadanos. ¿Cómo conseguirlo?

 

a) Con un proyecto convincente que incluya –como se hacía en los orígenes de esta “nueva Europa” – cambios de paradigmas, nuevas maneras de abordar los problemas.

 

b) Con una comunicación convincente.

 

c) Con unos líderes políticos también convincentes.

 

d) Incluyendo la integración europea como tal en los programas escolares. Siendo la integración europea algo nuevo es importante que se comprenda, y no es suficiente transmitir aquí y allá, sin más, algún que otro conocimiento al respecto. Por lo tanto, la escuela tiene que incluir las claves para esa comprensión en la edad en que se forman las categorías mentales. Solo así los ciudadanos pueden formarse un criterio para apoyar lo que es digno de ser apoyado y hacer una crítica constructiva hacia lo que debe ser criticado.

 

Solo así los ciudadanos participarán en este experimento de un modo crítico, abierto y positivo.

 
 
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