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Voces / Para entendernos

Rápido, rápido…

Javier Junceda

Somos la generación WhatsApp. La del tweet, la de la comida rápida, la del “venga, venga, que tengo prisa”. La del zapping. Todo a toda velocidad. Todo ahora mismo, ya, que no hay tiempo que perder. Aquí te pillo, aquí te mato. Antiácidos, ansiolíticos. El minuto se ha convertido en hora y la hora en semanas. Vamos por la vida como bólidos, con velocidad de vértigo; ansiosos, neuróticos; como si nos fuéramos a morir mañana o llegáramos tarde a apagar un pavoroso incendio. Speed II o Deprisa, deprisa, en sesión continua.

 

¿Tendrán algo que ver en esto las nuevas tecnologías de la comunicación? Me huele que sí. Recibo a diario, de media, un centenar de correos electrónicos, a los que debo sumar una docena de mensajes de móvil, si bien en este último caso con contenido habitualmente jocoso. No me resulta posible encargar a nadie su gestión, porque se trata, muchas veces, de asuntos de índole personal o profesional que he de atender en persona y con el debido detenimiento. Tampoco puedo dejar para el día siguiente la respuesta, porque se me acumula el trabajo y mis comunicantes esperan mis noticias a la mayor brevedad, además de que ellos también están invadidos por la emergencia que impone el ambiente virtual. Conclusión: debo dar cuenta de los mensajes según van llegando, lo que se complica en alto grado cuando estoy metido a fondo en cuestiones profesionales, académicas o familiares.

 

Necesitamos, sin duda, limitar el uso de los correos electrónicos y mensajes al modo humano. No puede ser que se sustituya el contacto personal por el envío de un correo electrónico, aunque haya que esperar algo de tiempo para cerrar un encuentro determinado. Salvo aquellos temas que puedan estimarse de cierta urgencia —que no pueden ser los más— y la remisión de documentación de interés, todo lo demás tiene que retornar al terreno de la relación entre personas, cara a cara. Los correos no permiten apreciar los acentos, la entonación, el contexto, la mirada del remitente. Y todo eso contribuye, en altísimo grado, a perfilar la comunicación humana.

 

Los correos, además, los carga el diablo. Nos metemos habitualmente en monumentales líos cuando no ajustamos bien las palabras a lo que pretendemos decir, precisamente porque el destinatario no tiene por qué conocer el estado de ánimo o las circunstancias en que se redacta un mensaje. Y no digamos nada de lo que denomino coloquialmente “sábanas” de párrafos y más párrafos, que a buen seguro harían las delicias de los psicoterapeutas.

 

Keep calm and breathe. Echemos el freno, Magdaleno, y empecemos a vivir al ritmo que nuestra biología nos señala que es el adecuado. El doctor Marañón ya lo apuntó hace décadas, al sentenciar que el género humano tenía una gran virtud, la rapidez, pero que había que cuidar para que no acabara siendo un vicio, la prisa.

 

Si no lo hacemos así, me temo que entre el e-mail y el WhatsApp acabaremos bien pronto en la bandeja de reciclaje. O teniendo que resetearnos.

 

*Javier Junceda, Decano de la Facultad de Derecho.

 
 
Tres especies