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Voces / Para entendernos

Si los cedros oyesen…

Sergio Marín

No culparía a nadie si al decirle que el Líbano es un país de una riqueza extraordinaria pensase que lo digo en tono sarcástico o irónico. Mi primera reacción al saber que tendría que pasar un par de meses viviendo en Beirut fue la de asociar inmediatamente el Líbano con el conflicto de Oriente Próximo. Puedo decir —no sin algo de sonrojo al pensar ahora en mi ingenuidad— que la relación que establecí fue la siguiente: Oriente Próximo implica países musulmanes, un país musulmán implica yihadismo, el yihadismo implica actos terroristas. En definitiva, era como ir a parar a la boca del lobo.

 

Por suerte, esta mentalidad simplista se vino abajo tras pisar tierra libanesa y comprobar que no todo es blanco y negro, que no hay mejor aliado de la desinformación que los prejuicios que cada uno lleva consigo mismo. He de admitir que no soy ningún experto en Oriente Próximo. No conozco en profundidad el conflicto que lleva décadas asolando estas tierras y que ha hecho de la violencia algo cotidiano en la vida de las personas. No obstante, el contacto directo con personas marcadas por la guerra y el sufrimiento es una de las mejores formas de comenzar a entender la naturaleza del conflicto.

 

Beirut, una ciudad de contrastes

 

Desde el acuerdo alcanzado entre Hezbollah y el Gobierno en 2008, que salvó al país de una nueva guerra civil, el Líbano ha conocido varios años de estabilidad y desarrollo económico. La ciudad se encuentra hoy en día rodeada por decenas de obras y grúas destinadas a levantar inmensos edificios. A pesar de ser famosa por su tráfico caótico, la ciudad ha decidido dejar el caos para los viandantes y expandirse hacia arriba.

 

Este auge financiero, que se puede comprobar al visitar varios centros comerciales o al ver pasar con frecuencia numerosos automóviles de alta gama, contrasta fuertemente con la pobreza de gran parte de su gente.

 

Más allá de la desigualdad social, la propia distribución de la ciudad llama la atención desde el primer momento. Acostumbrados como estamos a movernos indiscriminadamente por nuestras ciudades, Beirut refleja en su planificación urbanística el importante rol que la religión juega en estos países. Divididos por zonas, encontramos el barrio cristiano, el ortodoxo, el de mayoría sunita y el de mayoría chiita. Esta misma distribución se repite en la propia estructura de gobierno, en la cual —desde su independencia con Francia en 1943— el presidente ha de ser cristiano maronita, el primer ministro sunita y el presidente del parlamento chiita. Es precisamente esta descentralización lo que caracteriza a las clases políticas de estos países.

 

Un termómetro para Oriente Próximo

 

A pesar de vivir un tiempo de relativa estabilidad, la cercanía del Líbano con Siria e Israel, el primero en guerra civil desde 2011 y el segundo inmerso en un nuevo episodio de violencia entre Hamas y el Estado israelí desde hace semanas, ha provocado que el país de los cedros sufra también los daños colaterales del conflicto.

 

Lo que comenzó en 2011 como una revuelta pacífica en contra del régimen de Bashar al-Assad se ha convertido a día de hoy en una compleja guerra civil que ya se ha cobrado más de 170.000 vidas. Este conflicto ha provocado la afluencia masiva de población a países como Jordania, Turquía y el Líbano. En este último, el número de refugiados sirios alcanza ya el millón y medio de personas, más de un tercio de la población actual del país. Emplazados en campos de refugiados y barrios desperdigados por el territorio, este pueblo en el exilio amenaza con colapsar a su propio huésped, cuyas infraestructuras no dan abasto para garantizar unas condiciones de vida mínimamente saludables.

 

Esta presencia silenciosa de la guerra convive en una tierra de gran riqueza histórica y cultural. De norte a sur, el Líbano se encuentra repleto de ruinas y yacimientos de la época fenicia, romana y otomana. Entre sus ciudades se encuentran Byblos —la ciudad habitada más antigua del planeta—, o las bíblicas Tiro y Sidón, situadas al sur del país. Esta curiosa combinación entre la gloria del pasado y las penas del presente hace de los libaneses un pueblo apasionado, acostumbrado a vivir su vida de forma intensa ante la pasmosa facilidad con la que pueden perderla.

 

En nuestra mano posiblemente no se encuentre la solución definitiva a los problemas de estas tierras, ni a los males del mundo en general… Pero flaco favor nos haríamos a nosotros mismos y a las víctimas si nuestra atención a esta guerra se limitase a leer rutinariamente las noticias y ver cómo el número de víctimas sube como el contador de la gasolina. Sin contar con que seguramente la noticia destacada sea el triunfo de Alemania sobre Argentina o las escandalosas declaraciones de algún flamante político.

 

Allí donde el odio y el egoísmo han sembrado la semilla de la violencia, tengámoslo claro, nuestra única responsabilidad será la de dirigir una mirada de comprensión y de paz, sabiendo que no hay mejor manera de empezar a comprender la realidad que aceptando nuestra incapacidad para abarcarla por completo.

 

* Sergio Marín es estudiante de Filosofía y Publicidad y RR.PP. en la Universidad de Navarra. Actualmente está haciendo unas prácticas en la embajada española en Beirut.

 
 
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