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Voces / Para entendernos

Slowly

Javier Junceda

Si compráramos el vino más caro del mercado, lo transportaríamos a nuestra casa con sumo cuidado. Lo conservaríamos como un tesoro. Lo abriríamos con extrema delicadeza en momentos muy especiales. Lo serviríamos en pequeñas cantidades. Nos detendríamos en apreciar sus tonalidades en la copa un largo rato. Lo paladearíamos lentamente. Lo oleríamos. Lo mantendríamos sin prisa en la boca y, antes de beberlo (a sorbitos), nos ocuparíamos de que en ese instante no hubiera nada más en el mundo que ese trago. “Amplia vía retronasal, ligeramente afrutado”, comentaríamos luego a nuestra compañía, con aire ufano y satisfecho.

 

Este proceso es posible seguirlo en otras muchas cosas de la vida. Para ello hemos de partir siempre del valor que le damos a esas cosas. Si lo que buscamos es la dosis de alcohol, nos valdrá un tetrabrik de vino (aunque mejor será ponerse a tratamiento médico). Si, por contra, lo que perseguimos es disfrutar en profundidad de la enología, entonces aplicaremos a ese interés nuestros esfuerzos y tiempo.

 

La clave consiste en otorgar a la mayor parte de los asuntos que nos ocupan un valor acorde a su importancia, porque únicamente a partir de entonces extremaremos el cuidado y trataremos de ser impecables en ellos. Bien mirado, no hay temas de poca importancia, toda vez que hasta lo más rutinario o banal debe acometerse como Dios manda. Sin embargo, en los principales ejes de nuestras vidas es donde, en rigor, procede comportarse como el mejor sumiller.

 

Todo esto es muy complicado de hacer hoy, debido al ambiente reinante, en el que la velocidad supersónica de la vida impide detenernos en los pequeños detalles. Y esa ausencia constante de atención a esos pequeños detalles, que son fundamentales, está acabando con familias, empresas y personas. Nadie dice que ocuparse de ellos suponga desatender otros cometidos, sino que debemos incorporarlos a nuestro día a día, como algo consustancial de nuestra trayectoria vital.

 

El apresuramiento actual es mal aliado en este propósito. Nos ciega y no nos permite ver la dimensión y trascendencia de una palabra amable al portero, de una caricia inesperada a un hijo, de una mirada cariñosa a tu mujer o de un consejo leal a un compañero.

 

In vino veritas.

 

* Javier Junceda es el decano de la Facultad de Derecho de la UIC