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Voces / Para entendernos

Sociedad sostenible y cambio de paradigma

Consuelo León

F.W. Taylor en su obra Principles of Scientific Management afirmaba en 1911 que la familia del empleado podía poner en riesgo su productividad y, por tanto, la competitividad de las empresas.

 

El taylorismo, o lo que se denominó organización científica del trabajo, tuvo una enorme influencia no sólo en la cultura de las empresas, sino también en toda la vida social.

 

Esta corriente ideológica aplicaba métodos científicos de orientación positivista y mecanicista al estudio de la relación entre el obrero y las técnicas modernas de producción industrial; intentando maximizar la eficiencia de la mano de obra, así como de las máquinas y herramientas. El modo de lograrlo era la división sistemática de las tareas, la organización racional del trabajo en secuencias y procesos, hasta llegar al cronometraje de todas las operaciones. El objetivo: la eficiencia. El pago de primas al rendimiento se convirtió en un potente sistema de motivación que aún perdura. Se suprimió toda improvisación en la actividad industrial.

 

En la actualidad, inmersos en un fuerte declive demográfico en todo Occidente y en el contexto de una crisis económica de largo recorrido, hay que preguntarse si el paradigma de la utilidad, tan útil entonces, no será insuficiente para resolver los problemas de ahora.

 

Stefano Zamagni, catedrático de la Universidad de Bolonia, estuvo en la UIC en la II International Conference Family and Society organizada por el Instituto de Estudios Superiores de la Familia (IESF) y nos habló desde una perspectiva amplia, de sociólogo con largo recorrido, de lo que él considera los grandes y verdaderos problemas más allá de la crisis y lo hizo entrando en sus fundamentos.

 

Como siempre, un problema bien planteado contiene gran parte de la solución. ¿Cómo y dónde nace el verdadero valor, la riqueza, la innovación de una sociedad? ¿En determinados procesos, en fórmulas matemáticas que devengan en una mayor eficiencia? Parece ser que no. Para Zamagni es en la familia donde se dan el mayor número de externalidades sociales: fertilidad, ingresos por trabajo, distribución equitativa de la renta, capital humano y social. Además es en ella donde se dan con mayor intensidad los bienes relacionales, aquellos que son fruto de la calidad de determinadas redes sociales, especialmente de la familia, y cuya correlación con la felicidad de los individuos es máxima según el estudio de Emma Iglesias, José A. Pena y José M. Sánchez de la Universidad de La Coruña.

 

Tan sólo por este motivo las políticas gubernamentales, una vez cubiertas las necesidades primarias, deberían centrarse en aumentar la satisfacción de los individuos, la “felicidad interna bruta”, o lo que es lo mismo: la calidad de vida de las personas. Cuando hablamos de tiempo, de conciliación trabajo y familia, de horarios, de beneficios fiscales para la unidad familiar estamos recordando esta realidad.

 

Además la familia es el mejor ministerio de asuntos sociales que existe, sin embargo socialmente está considerada como un mendigo. Mientras que Europa (UE-28) destina de media a la familia el 2,3 % del PIB, España dedica sólo un 1,4 % de su PIB y se sitúa en el puesto 22º en la UE. Se espera de ella lo mismo que del pegamento: que cohesione pero que no se note, que no se vea, que no moleste… pero que cumpla su papel: cuidadora, educadora, coach, soporte económico de los individuos.

 

Como paradoja, y a pesar de su importancia en la sostenibilidad social, se destaca de ella más su papel pasivo (unidad de consumo) que activo (unidad de producción). Se la caricaturiza como espacio represivo, freno del desarrollo profesional, especialmente en el caso de las mujeres debido a la maternidad, contraponiendo su existencia al logro de la verdadera autonomía y libertad. A este doble prejuicio, económico y cultural se añade el freno de una visión de la política  que reduce la familia a un asunto privado del que sólo me interesan sus consecuencias, un tema doméstico que no merece atención en el espacio público donde se libran las grandes batallas de la sociedad. Hoy, sin embargo, algunos políticos de distinto signo empiezan a ver a la familia como un socio, como un verdadero agente de cambio en el logro de una sociedad menos conflictiva, más satisfecha, más cohesionada. Por ello, la familia debe ser sujeto y no sólo objeto de las políticas públicas; protagonista y no espectadora del futuro de la sociedad.

 

* La Dra. Consuelo León Llorente es directora del Observatorio de Políticas Familiares, en el Instituto de Estudios Superiores de la Familia (IESF) de la UIC

 
 
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