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Voces / Para entendernos

¿La tecnología empobrece el lenguaje?

Ricardo M. Jiménez

¿Recuerdan el argumento de la película Lo imposible? Las plácidas vacaciones en Tailandia de un matrimonio y sus tres hijos se convierten en un infierno cuando un gigantesco tsunami invade el recinto del hotel donde se alojaban. Al reflexionar sobre el impacto de la tecnología en la vida diaria me viene a la memoria esa película. Estamos un tanto desbordados, como el matrimonio de la película, ante tanta novedad tecnológica y necesitamos un árbol al que aferrarnos para saber hacia dónde vamos.

 

Veamos algunos datos de ese tsunami tecnológico. Una de cada tres personas –y la mitad de los menores de 26 años– consulta el móvil cada vez que tiene cinco minutos libres, según el  informe de 2015 de la Fundación Telefónica sobre la Sociedad de la Información en España. En un estudio de Gloria Marks, catedrática de la Universidad de California, se revela que revisamos el correo electrónico un promedio de 74 veces al día. Otro dato que el lector de este artículo corroborará: en las concurridas calles de nuestras ciudades, además de sortear farolas y turistas, ahora también conviene esquivar a los numerosos peatones-lectores de teléfonos móviles. En fin, es una realidad que prestamos mucha atención a la pantalla.

 

Suele darse otra circunstancia relacionada con el uso de la tecnología: se dice que escribimos peor desde que nos comunicamos por mensajes de texto y escribimos en las redes sociales. Se han publicado estudios que analizan la influencia del uso de internet y de los teléfonos móviles en el lenguaje, pero no me detendré en comentarlos ahora. Tan solo señalaré que una persona, si redacta correctamente, sabe cambiar de registro y emplea emoticonos y abreviaturas en un correo electrónico o en un mensaje telefónico. Si el lector se pregunta qué es el registro, le respondo que se trata de un uso lingüístico determinado por el contexto inmediato de producción de un discurso (como lo define el Diccionario de términos del CVC Cervantes). En un correo electrónico de presentación para pedir trabajo emplearé un registro formal; en cambio, en un mensaje escrito por el teléfono para quedar con un amigo, usaré un registro informal. Pero el propósito de este artículo va por otro derrotero.

 

Me temo que el problema de la relación entre el lenguaje y la tecnología se centra en prestar atención. Un suceso reciente ilustrará esta tesis.

 

Cuenta un periodista de La Vanguardia (17 de julio) que los rusos lanzaron un ciberataque al entorno de la candidata Hillary Clinton, el 19 de marzo del 2016. John Podesta, jefe de campaña de Hillary Clinton, recibió un correo electrónico, aparentemente inofensivo, firmado por el equipo de Gmail. Apareció una alerta de Google y una asistente de Podesta consultó a los servicios informáticos del partido. Le respondieron que cambiara urgentemente su contraseña, pero en vez de decirle que era un mensaje sospechoso, le dijeron lo contrario al comerse una simple i. “El correo es legítimo”, escribieron, cuando querían decir “ilegítimo”. Podesta cambió su contraseña pero abrió el correo y por ahí los rusos entraron al abordaje de todo el sistema informático relacionado con el Partido Demócrata y la campaña de Hillary Clinton. El redactor del correo no prestó la suficiente atención al escribir y a repasar lo escrito.

 

Decía Pedro Salinas que “no habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua”. Y es una verdad irrefutable, sin embargo en los tiempos que corren, conviene apostar también por el silencio, la lentitud, la contemplación, la reflexión personal para saber prestar atención y emplear el lenguaje adecuadamente.

 

* Ricardo-María Jiménez-Yáñez es profesor de la Facultad de Humanidades y de la Facultad de Derecho (UIC Barcelona).

 
 
La culpa es mía