Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una experiencia transparente y cómoda a la hora de navegar por nuestra web. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización. Puedes cambiar la configuración y obtener más información. Más información
Voces / Para entendernos

Una torpe vía

Víctor Pou

Donald Trump está iniciando una guerra comercial porque una de sus obsesiones consiste en reducir el enorme déficit comercial de EE.UU. China supone el grueso de este déficit comercial (375.000 millones de dólares de un total de 556.000, según cifras del año pasado), seguida por la Unión Europea (151.000 millones). El presidente de EE.UU. cree que la reducción del déficit se consigue a través de una guerra comercial, pero los analistas más acreditados le tachan de ignorante y coinciden en afirmar que sus argumentos están viciados desde un principio.

 

Mientras Trump ha declarado que las guerras comerciales son fáciles de ganar, Paul Krugman, premio Nobel de Economía, le ha replicado que las guerras comerciales rara vez son buenas y no son en absoluto fáciles de ganar, en especial si uno no tiene la menor idea de lo que hace, y al final casi todos acaban perdiendo. Por su parte, Martin Wolf, prestigioso columnista del Financial Times, acaba de escribir que “el líder del país más poderoso del mundo está demostrando con su guerra comercial que es un peligroso ignorante; si su guerra comercial llegara a generalizarse podría significar una enorme reducción del comercio internacional que perjudicaría a todos”.

 

Aranceles al acero y al aluminio

 

Trump ha iniciado esta guerra con la imposición de aranceles al acero y al aluminio procedentes de China, Europa, Canadá y México. Pero parece no darse cuenta de que el acero y el aluminio son mercancías intermedias, es decir, mercancías utilizadas como materiales para producir otras cosas, algunas de las cuales tienen a su vez que competir en los mercados mundiales. La fabricación de coches y otros productos de consumo duraderos se encarecerá, lo que significa que EE.UU. venderá menos y cualquier aumento de empleo que se logre en los metales primarios se verá contrarrestado por la pérdida en otros sectores a lo largo de la cadena.

 

Parece ignorar, también, que más de dos tercios del comercio mundial tienen lugar a través de las denominadas cadenas de valor que cruzan fronteras durante el proceso de producción. De todo ello resulta que el típico producto chino que importa EE.UU. contiene mucho valor añadido procedente de otros países, además de China. En el caso de ordenadores y material electrónico, menos de la mitad del valor añadido en las exportaciones chinas procede de este país. El ejemplo clásico es el iPhone, que está fabricado en China, pero en el que el trabajo y el capital chinos representan un pequeño porcentaje del precio final.

 

La estrategia negociadora de Trump, si es que se la puede llamar así, no respeta alianzas ni aliados. Consiste en someter a sus interlocutores a una presión continua y al mismo tiempo confusa, con el objetivo de que reduzcan voluntariamente las exportaciones en negociaciones fantasmagóricas que se cierran y se abren al compás de las amenazas de Washington. Es un modus operandi chantajista al servicio de planteamientos proteccionistas y del famoso lema: “America first”.

 

El FMI ya ha advertido sobre la primera consecuencia de las tensiones comerciales entre EE.UU. y sus principales socios comerciales. Lo ha hecho con palabras contundentes: “La escalada de medidas proteccionistas iniciadas por el gobierno Trump constituye la principal amenaza para la economía mundial”. El crecimiento sigue siendo robusto (3,9%) pero el impacto de la guerra comercial podría significar la reducción de un 0,5% de crecimiento en el 2020.

 

Un empleo de cada siete

 

La UE, primera potencia comercial mundial, ha de mantenerse firme frente a las intemperancias de Trump. En Europa, un empleo de cada siete depende de la exportación y las cadenas de valor funcionan regularmente entre Estados miembros de la UE (por ejemplo, aportación de productos manufacturados intermedios españoles o franceses a exportaciones alemanas). De hecho, más de 600.000 pymes europeas exportan mercancías y servicios al resto del mundo, lo que supone un tercio del total vendido al exterior. Además, la UE es el mayor inversor mundial (44% del total) y constituye el principal destino de las inversiones extranjeras directas (36%). Los tratados comerciales de nueva generación que la UE ha negociado recientemente –Corea, Canadá, Japón– incluyen inversiones, imbricación del sector servicios en el comercio de mercancías, modelo social y medioambiental, así como cadenas de valor industrial global con piezas fabricadas en distintos países. Se trata de un enfoque moderno cada vez más interdependiente y no meramente tarifario. Por fortuna, el 70% de las exportaciones españolas tienen como destino principal el mercado interior de la UE, que actúa como paraguas comercial ante peligros exteriores.

 

Trump es un líder populista volátil e imprevisible, pero es el primer mandatario de la nación más poderosa del planeta. Tiene la peor de las opiniones sobre la UE. Ha declarado que se trata de un “proyecto fallido” y que es “un enemigo comercial”. Ante esta situación, la UE y sus Estados miembros, incluido España, han de tomar buena nota de todo ello, capear juntos el temporal, procurar mejores tiempos y defender intereses legítimos.

 

* Víctor Pou es profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (UIC Barcelona). Artículo publicado en El Periódico de Catalunya.

 
 
Gigantes